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Alia



Cuando la conocí, Alia llevaba veinticinco años dando vueltas alrededor del Sol. Aunque lo acertado sería decir que es el Sol el que gira alrededor de ella. En cualquier caso, ambos se parecen. Claro que, el Sol no se puede tocar con las manos, ni besar, ni acariciar. Además, a diferencia del astro, Alia puede mirarse fijamente sin quemarse uno la retina. 

La primera vez que la vi, íbamos en el tranvía. Era primavera. Ella lucía con gracia y sensualidad un vestido corto de tubo, estampado en un nido de abeja multicolor, y llevaba un colgante vítreo de cordón anudado al cuello y reavivando el conjunto unas sandalias tan minimalistas que no sé bien cómo podían sujetarse a sus hermosos pies. Y es que, incluso cuando Alia se vestía toda de negro (pura elegancia), y se dejaba caer su pelo lacio por la cara, incluso así, sus ojos marrón oscuro despedían una luz fogosa y centelleante de variados colores, como en un castillo de fuegos artificiales, de ésos que te emocionan.

¿Sabéis?, disfruto escuchándola cuando me cuenta sus cosas. De todo hace una elaborada y minuciosa historia que acostumbra a relatarme con lujo de detalles. Cualquier acontecimiento puede ser historiable: el porqué lavarse el pelo sin hacer hincapié en las puntas o el porqué no añadir sal a una ensalada de tomate, aguacate y ajo. Me gusta escucharla y mirar sus manos durante el relato de los hechos. Sus manos finas y alargadas, de princesa, revoloteando, describiendo helicoides, bucles o lazadas en el aire, sus dedos juntándose y separándose, separándose y volviéndose a juntar en un racimo apretado...

Me gusta acariciar su pelo liso, largo, brillante, cogiéndoselo por mechones, de arriba a abajo, una y otra vez. Me gusta besarla de forma itinerante, yendo de una mejilla a la otra, haciendo una parada indefinida en sus labios rojos, sin prisa, para luego volver al punto de origen y reconsiderar un nuevo vaivén. Me gusta acariciar sus hombros desnudos y redondos, lentamente y describiendo círculos con los dedos, o bien recubrirlos momentáneamente con las palmas calientes de mis manos, como protegiéndolos.

Porque no es ya la belleza de su rostro ni de su cuerpo. No es sólo la hermosura de su ser, que a veces corta el aliento. Es, amigos míos, cómo me siento cuando cuando estoy con ella: cuando estamos juntos, cuando compartimos espacio y tiempo. Cuando, sin darnos cuenta, nos perdemos por los confines del Universo...

La primera vez que la vi, íbamos en el tranvía. Me senté a su lado con toda intención. Yo escuchaba música con mis auriculares. Total, que al cabo de unos minutos, me preguntó mientras me tocaba en el brazo:

- Perdona, pero es que estoy escuchando tu música y me encanta. ¿Quién es?
- Nick Drake, le contesté yo.
- Es tan dulce, tan cálido... Me apuesto lo que sea  a que tú también eres así. 
- Si yo te contara...

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