Ir al contenido principal

Vaalbará

Pangea fue un supercontinente que se originó hace 300 millones de años y que al fragmentarse (unos 100 millones de años más tarde) dio lugar a Gondwana y Laurasia, los dos protocontinentes precursores de los que existen hoy en día.

Sin embargo, a lo largo de la historia de la Tierra han existido otros supercontinentes antes de Pangea (Pannotia, Rodinia, Columbia, Atlántica, Nena, Kenorland, Ur...), los cuales fueron fragmentándose y recomponiéndose en un dilatado ciclo de miles de millones de años.

El primero de esos supercontinentes se denominó Vaalbará.

Vaalbará es un vocablo hibridado que resulta de fusionar los nombres Kaapval y Pilbara, el de los dos únicos cratones arcaicos que subsisten en la Tierra (los cratones son porciones de masa continental que han permanecido inalteradas -ajenas a movimientos orogénicos- con el paso del tiempo).

La Tierra hace 3.600 millones de años.
Y el supercontinente Vaalbará conformado
en medio del superocéano Panthalassa.

Comoquiera que sea, he escogido la palabra Vaalbará para dar nombre a este blog por motivos pasionales, más que racionales. No ya tanto por la estética que comporta el sustantivo como por lo que me despierta a nivel emocional cuando lo leo o cuando lo pronuncio: algo intenso y primitivo, poderoso y profundo que me llega a las entrañas; algo que me hace sentir muy vivo.

Y es que Vaalbará se compone de cuatro aes. Es una palabra, por tanto, extremedamente Yang: centrípeta, nuclear, concentrada, densa, masiva, masculina, terrenal... Lo que no le impide apuntar a lo más alto del cielo en un in crescendo con un final rotundo (habida cuenta de la tilde que acentúa la última de sus vocales).

En mi mente, Vaalbará representa un espacio y un tiempo indeterminados, un lugar muy especial en el que todo es posible, y en el que las únicas fronteras que delimitan el Universo son las que impone la imaginación.

Esa misma imaginación que, igualmente, es capaz de borrarlas.

Comentarios

  1. Muy bueno. Una combinación explosiva entre el anhelo de reencontrarnos con nuestro origen y la aspiración de elevarnos a los cielos sintiendo que tenemos todas las posibilidades a nuestra disposición en cualquier momento.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Catalina y Miguel: una historia de amor.

Valencia, 15 marzo de 2014. Torre de Santa Catalina: Miguel, ¿cuánto tiempo hace que nos conocemos? Torre de El Miguelete: Poco más de trescientos años, Catalina. Catalina: Aún me acuerdo de cuando nací, a principios del siglo XVIII. ¿Te acuerdas tú? Miguel: Por supuesto que me acuerdo. Llevaba mucho tiempo solo, aquí, en medio de la ciudad, y entonces, poco a poco, fuiste apareciendo tú. No imaginas cuánto me alegré de tu llegada. "Por fin una torre como yo, cerca de mí", pensé. Catalina: Cuánto ha cambiado Valencia, ¿eh?, a lo largo de todos estos siglos... Se ha convertido en una metrópoli muy grande, enorme, y bulliciosa, incluso los seres humanos han construido máquinas voladoras que surcan sus cielos. Es increíble, ¿verdad?, de lo que son capaces las personas... Miguel: Yo llevo mucho más tiempo que tú en la urbe. Antes, incluso, de que los hombres de estos reinos llegaran a las Américas. Tú aún no habías nacido. Aquellos pasaban por ser tiempos ...

"¡Qué alivio!".

Vivo al lado del campo. Cruzo la calle y ya estoy en la huerta. Me asomo por la ventana y lo que veo son quilómetros de un horizonte verdoso y salpicado de vegetación. Llevo más de un año y medio observando este paisaje, escuchando sus sonidos y disfrutando de sus múltiples matices. Me he acostumbrado a él y ya me resulta totalmente familiar. Lo conozco bien. Hace un par de días que escucho a los pájaros cantar en mayor cantidad y con más intensidad que días atrás. Lo percibo claramente. Ha habido un antes y un después desde el comienzo de la cuarentena. También me he dado cuenta de que los gatos callejeros están adoptando nuevos y curiosos comportamientos. Ahora, por ejemplo, deambulan, incluso en manada, más allá de sus territorios habituales. O se detienen en mitad de la calzada sin preocuparse. O se aventuran a explorar campos aledaños. Incluso alguno se atreve a subirse, para otear, al capó de un coche. El caso es que la drástica reducción del tráfico de vehículos y...