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Tu singular idiosincrasia



Cuando llegan las mañanas del verano, sueles prepararte una infusión de hierbaluisa, salvia y cardamomo, con pimienta y un cubito de hielo. Te acercas al ventanal sur del dormitorio, te sientas en la ménsula y te la bebes sorbo a sorbo, muy despacio, mientras entonas esas canciones que te inventas, mirando sonriente cómo la brisa mece los chopos.

Cuando me ves pensando en mis cosas con el ceño fruncido, rara es la vez que no te acercas a mí para darme un masaje que empieza en los hombros, se extiende por los brazos y acaba suavemente con tus manos haciendo el amor con las mías.

Cuando juegas conmigo, nunca lo haces a medias. Más bien, te abandonas al momento, te entregas en cuerpo y alma a ese dulce e intenso compartir, con tu pasión de fuego, con tu locura. Nunca adoptas lo ya inventado. Nunca repites las palabras de otros.

Simplemente, ríes, bailas, tocas
y sueñas despierta conmigo.

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