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Los ángeles caídos



Hoy, miércoles, de camino a mi clase de yoga, en dirección a Torrent, en el vagón de metro, un hombre de mediana edad iba dejando junto a los pasajeros una serie de notas que decían tal que así: "No tengo dinero ni casa y tengo que alimentar a mis hijos. Por favor, pido una ayuda para poder comer y vivir. Muchas gracias".

El buen hombre se acercaba a nosotros con la cabeza medio agachada, muy humildemente. Y con un tono de voz muy bajito, y muy educadamente, como para no molestar en absoluto, conforme colocaba la nota a nuestro lado, decía a cada pasajero: "Buenas tardes. Gracias", y sonreía discretamente.

Después de dejar como diez o doce de esas notas, el señor ha vuelto al poco rato para recogerlas, pero ninguna estaba acompañada de monedas. Ni una sola. De hecho, nadie le había mirado a la cara. Como si no existiera.

A la espera de su parada, el hombre, sofocado por el calor y visiblemente derrotado por las circunstancias, se apoyó en una ventana con la cabeza mirando al suelo. Su gesto era de pura tristeza, de puro abatimiento.

Con todo, debajo de su camisa descolorida, de sus pantalones destartalados y de sus chanclas playeras de saldo yo veía a un ser humano exquisito y digno, como pocos, irradiando a través de sus ojos una luz cegadora que traspasaba sin ninguna dificultad los oscuros cristales de mis gafas de Sol.

Este ser lleno de bondad, caído desde lo más alto del cielo, todavía no había conseguido levantarse de su tropiezo. Y pagaba, por ello, el más alto precio posible: el del rechazo, el del vacío, el de la indiferencia.

Y yo, en medio de una tormenta emocional incontenible, me preguntaba cuándo sería la última vez que este hombre rió a carcajadas. Cuándo sería la última vez que alguien se alegró al verle asomar por una puerta. Cuándo la última vez que alguien le acarició con ternura y sin prisas. Cuándo la última que alguien le dijo "Te amo".

Recién llegado el convoy a su parada, y justo antes de salir por la portezuela automática, él me regaló una mirada, como de complicidad, y una sonrisa infinitamente dulce.

Y entonces, en ese preciso instante, he sentido que yo era él.

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